León Felipe tiene ochenta años. Y ha cambiado momentáneamente la flauta por un violín. Dice él que su violín está viejo y roto y que no vale la pena comprarse otro.
Que con ese mismo va a tocar su canción de despedida. Pero menos mal que el viento no se va de un soplo. Junto a su canción de despedida, aún León Felipe habrá de escribir unas cuantas canciones que se olvidaron en sus Obras Completas. Y el poeta las aglutina en un nuevo libro: ¡Oh, este viejo y roto violín!. Con él se va al encuentro de Rocinante, de Sancho, del Quijote, sus viejos compañeros de viaje.
Que con ese mismo va a tocar su canción de despedida. Pero menos mal que el viento no se va de un soplo. Junto a su canción de despedida, aún León Felipe habrá de escribir unas cuantas canciones que se olvidaron en sus Obras Completas. Y el poeta las aglutina en un nuevo libro: ¡Oh, este viejo y roto violín!. Con él se va al encuentro de Rocinante, de Sancho, del Quijote, sus viejos compañeros de viaje.
¿Acaso no vienen por la historia, como él, cansados de toparse con molinos, con la risa del gran público, con venteros y galeotes? Viene Sancho más enjuto y delgado, crecido en estos siglos, hijo del sol, súbdito y tributario de la luz.
Con ellos el poeta va a “La Gran Aventura” de cómo la visera se transformó en bacía, la bacía en yelmo y el yelmo en halo.
¿No lo había intuido ya el poeta mucho antes? Lo había dicho al pie del niño de Vallecas de Velázquez. Pero ahora el milagro crecía. No es el Quijote quien rescata el yelmo reluciente de Mambrino. Es la fuerza de la luz quien despoja al Quijote de armas y vestiduras para dejarle tan solo sobre su cabeza aquel brillo luminoso, que se hizo halo para siempre.
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